En una moderna oficina con tabiques de cristal, el zumbido constante del aire acondicionado y el rítmico tecleo de los ordenadores, parecían el sonido ambiente de un gran proyecto industrial. Un gran contraste con los recuerdos que Manuel todavía tenía frescos en la memoria de sus pasadas vacaciones de verano en la playa. Se echó hacia atrás en su silla ergonómica, entrelazando las manos detrás de la nuca, y giró la cabeza hacia la mesa contigua.

— Lorenzo, te juro que volver a ver una hoja de cálculo se me está haciendo difícil —soltó Manuel, rompiendo el ambiente productivo de la oficina—. Todavía tengo mi cabeza en la piscina del hotel.

Lorenzo apartó la vista de su monitor y sonrió, girando su silla para quedar frente a su compañero.

— ¿Tan bien fue? Te veo con mejor expresión que antes de irte, eso desde luego.

— Mejor no, excelente. —Manuel se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si compartiera una táctica empresarial—. Al final dimos en el clavo. Fuimos a un hotel pensado para niños, cargado de actividades. No pararon, Lorenzo. Entre los toboganes, el equipo de animación y los juegos, llegaban a la cama rendidos. Es el hotel Golden Taurus Aquapark en Pineda de Mar. Además de estar frente a la playa tiene un parque acuático en sus instalaciones.

Manuel soltó una risa satisfecha, recordando la energía inagotable de sus hijos en los toboganes acuáticos.

— Verlos disfrutar tanto no tiene precio, pero lo mejor es que, al estar ellos tan ocupados, mi mujer y yo pudimos descansar de verdad. Fue un acierto total. ¿Y tú qué tal? —preguntó, de forma curiosa—. Me dijiste que te ibas hacia la Costa Brava, ¿verdad?

Hoteles románticos con encanto

A Lorenzo se le iluminó la mirada de una forma distinta, más serena y algo pícara.

— Sí, nos marchamos para la Costa Brava. Y Manuel… fue espectacular.

Lorenzo se apoyó en el escritorio, evocando las imágenes de sus días libres.

— Nada de grandes complejos. Encontramos un hotel con encanto, pequeñito, justo en primera línea de playa. El hotel se llama Golden Mar Menuda. Es uno de esos sitios donde sales del hotel y ya pisas la arena. Pero lo que nos dejó alucinados fueron las vistas de la habitación. Ver el mar tan cerca nada más despertar, no tiene precio.

— ¿Sí? ¿Muy romántico? —preguntó Manuel.

— Las vistas al mar Mediterráneo, el sonido de las gaviotas y las pequeñas barcas de pescadores en el horizonte. Abrir las cortinas y tener esas impresionantes vistas ahí mismo es un verdadero encanto… desayunábamos en la terraza del restaurante mirando la cala. —Lorenzo hizo una pausa, sonriendo al recordar la reacción de su acompañante—. Además, ya sabes que estoy con pareja nueva. Ella estaba encantada, le pareció el sitio más romántico del mundo. Ha sido justo lo que necesitábamos para afianzar la relación.

Manuel asintió con una mezcla de sana envidia y camaradería.

— Suena de película, compañero. Unos con la diversión de los toboganes y otros con el sonido de las olas en pareja.

— En la vida todo tiene su momento —concluyó Lorenzo, volviendo a girarse hacia su pantalla—. Pero me alegro de que los dos hayamos vuelto con las pilas cargadas, porque viendo la bandeja de entrada… nos va a hacer falta.

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